diciembre 03, 2022
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EL ESPACIO DEL MOVIMIENTO: biografías de boxeadores amateurs (Intro)

Τrabajo en calidad de bibliotecario en la planta alta de la Biblioteca Popular Manuel Obligado, específicamente, en la “Sala Pablo Vrillaud”. Hace ya nueve años que tomo clases de boxeo. Con frecuencia (y casi con locura), asisto al viejo y conocido Club Obligado. Al mirar atrás, veo que son ya los suficientes como para decir que he aprendido mucho de este deporte fascinante, y que no he dejado de sentir gratitud hacia una actividad que es la horma para mi zapato, como actividad física, como hobbie y como filosofía de vida, al punto de preguntarme ¿qué hubiera pasado si yo iniciaba esta práctica a los 15? Digamos, a más tardar, ¿a los 20?

Muchas son las condiciones que se deben dar para que un púgil salte a la palestra: a) óptima condición física; b) vida ordenada y disciplinada, en pos de lograr la condición física antedicha; características técnicas: buena visión en el combate, viveza (en el lenguaje criollo), buen trabajo de piernas, variedad de golpes (combos), potencia; c) gran preparación psicológica (resistencia a los golpes/no desanimarse ante la superioridad física y/o técnica). Pero más que nada el joven amateur debe aprender a resignarse a asimilar los golpes futuros, los que pueden afectar, incluso seriamente, su salud e integridad. Para esto, soy de la idea que el joven amateur debe darse un tiempo para aprender a recibirlos, a asimilar los (“si te abofetean, dale la otra mejilla”) sale al paso esta frase. Lo cierto es que son varios, muchos los años que puede llevar formar a un púgil.

Desde entonces mi psique y mi complexión física han cambiado, enriquecí (a mi modo) la visión de la vida, y así, mientras escribo esto noto cuán feliz soy, pues he encontrado mi cable a tierra, la luz de mi estrella en materia de entrenamiento, sudor, cánones a los cuales amoldar cuerpo y alma: la técnica de los jabs, hooks, cross, el impacto más o menos firme de los nudillos y del dorso del puño, idealmente potente y preciso a los distintos costales del circuito, a la repetición sabia, enérgica y sin descanso, semana tras semana, de lo mismo, o, mejor dicho, esa suerte de espiral en que lentamente se aprende, se suda, se mejora y he conseguido una sana confianza en mí, en la potencia deportiva de mis manos, en extrañar estas prácticas cuando no las llevo a cabo. Con felicidad digo que el box se ha convertido en parte de mi vida.Nada más lejano al pensamiento mágico de este deporte, cualquier beneficio propio costará, y mucho. Al igual que el amor, nada menos grupal que el boxeo, y parafraseando a San Lucas (“Mi nombre es Legión”): un boxeador debe convertirse en muchos a la hora de entrenar y de la hora de la verdad. Es decir: de vérselas con sus rivales. Dentro de sí debe estar el ahorrativo, el arrojado, el aguerrido, el frío y calculador, a decir verdad, son muchas las características psíquicas que convierten a un boxeador en un “gran” boxeador. 

Mis más allegados, los que verdaderamente conocen de mi afición por la lectura y la escritura, arrugaron la cara, en varias ocasionesme preguntaron por qué elegí esta disciplina. Siempre respondí que sencillamente me gustaba, como si aceptara que boxeo y libros fueran en verdad inconciliables. Años pasaron sin yo esbozar una respuesta cabal, pero hoy en tiempos sociales y políticos difíciles, qué mejor que formar una coraza a la realidad amenazante, tal vez muchos se acercan a los gimnasios en busca de encontrar un remedio para tan dura realidad. Tal vez sea mi óptica, pero el deporte: las endorfinas y adrenalina que produce reemplazan el don de la palabra, la vieja noción de “Catharsis”, en términos psicoanalíticos. El boxeo también permite una lectura especialmente sensitiva, visual, quizás demasiado brutal y física respecto a las sublimes (aunque para mí, atrapantes) abstracciones de los libros. El aprendizaje de este deporte como en la escritura y la lectura, abunda la repetición y el aprendizaje, por lo que, en determinadas regiones de mi cerebro, se activan las mismas sinapsis y grupos neuronales para repetir y aprender.

Digo hoy que nada como el boxeo para sentir en el cuerpo esta suerte de coraza protectora, esta actividad desencadenante, el choque de nudillos con objetos externos, la insistencia, el esfuerzo, ningún deporte fortifica más, en su práctica, el temple, la premisa misma de permanecer. A decir verdad, el boxeo me aporta demasiados beneficios como para abandonarlo.

A nivel cotidiano y físico, el ejercicio me aporta bienestar, mayor capacidad torácica, masa muscular, el cerebro se mantiene libre de sensaciones/pensamientos tóxicos. En lo psíquico, el boxeo me promulga un individualismo sano, desconfiar en mí mismo. En  lo filosófico: el boxeo me estimula a ver la realidad, mi realidad, que cambiará sólo gracias a mi esfuerzo. Hallo que la actividad de los guantes puede ir de la mano con la transformación de mi realidad. Materialismo dialéctico y box profesan, para mí, el mismo concepto.

Leí alguna vez que era la pobreza la que fomentaba la promoción de boxeadores, como si la motivación fuera parte de condiciones socio-económicas. Las motivaciones encuentran razones en las emociones que se encuentran en el camino, soy de la idea que más allá del dinero y del trabajo, muchas veces las elecciones en la vida son cuestión de neurotransmisores que fluyen en el complejo, impredecible sistema nervioso central del humano: las emociones tienen un fuerte protagonismo en el orden y en la movilidad social.

Tal vez por una cuestión de edad, quizás por carecer de esa simple y primitiva bravura, tal vez, prejuiciosamente, por ser un enamorado a la escritura y a la lectura, no me he convertido en un boxeador, el destino no lo ha querido.

Mientras escribo esto, este humilde servidor de la cultura en el turno tarde de la Biblioteca de nuestra ciudad se acaba de dar cuenta que también existen, intransferibles, sabiduría, experiencia, sensaciones, y riqueza no sólo en los libros. ¿Podemos decir que un deporte, o si se quiere, una disciplina, guarda también impresiones y sensaciones que por lo general se le atribuyen al quehacer cultural?   

Soy un idealista al creer que el mundo nació de una idea, una idea que tiene un por qué y una finalidad en la que mundos, seres y objetos se conducen quizás sin saberlo hacia ese fin inaprensible y único. Creo encontrar un motivo cuando veo la posición de brazos y manos arriba del ring, o en los cenicientos y ajetreados gimnasios. Manos y brazos cuya posición responde a una idiosincrasia social, a una peculiar visión de la vida, a la cual mucha gente, muchas veces, por prejuicio, rehuye. Es más: yo mismo hasta hace nueve años atrás he sentido un cierto resquemor respecto a los gimnasios en donde se enseña, sin sospechar que ahí mismo, entre sogas, costales y guantines, encontraría gente maravillosa, paradójicamente pacifica, humana y sensible. Hoy, mientras escribo esto, en una noche fría que anticipa un crudísimo inverno, siento que he hallado un gran deporte que es como una caja, con una gran filosofía de vida dentro.  

La razón de practicarlo, la de escribir imaginando otros mundos, realidades, países y sociedades, tal vez me ha empujado a escribir biografías de boxeadores amateurs, una manera de rendirle honor, una manera de verme en el otro. Es que son vidas quizás algo paralelas, pero en definitiva, realidades ni mejores ni peores que la mía, son sólo vidas bajo este mismo sol. Vidas en que los puños son su trabajo, su oro, su vida.

En este momento en que termino de escribir esto es 2 de junio.

Por Andrés Ugueruaga

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