noviembre 26, 2022
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¿ESTÁN CORRUPTAS LAS INSTITUCIONES?

Planteamiento del problema

Los casos de corrupción toman por lo general especial relevancia pública cuando se trata de casos que acontecen dentro de las instituciones, ya sean éstas educativas, de salud, de seguridad, religiosas, etc.[1]

La primera cuestión que se suele presentar en estos casos es la de resolver el siguiente problema: ¿Quiénes están realmente corruptos? ¿Los individuos que participan de estas instituciones o las instituciones mismas?

Este problema se discutió en una entrevista a una militante feminista de izquierda que realizó un periodista de derecha, en el marco del juicio oral y público al —ahora— ex sacerdote Néstor Fabián Monzón por abuso sexual de menores.

Así, en la dinámica de esa entrevista se fue llegando a las posibles causas de lo sucedido en el caso Monzón. Y en un momento la militante afirma: «las instituciones están corruptas». Ante esta respuesta —un tanto osada— de la militante, el periodista le retruca: «No, las instituciones no están corruptas, sino ciertas personas que están en las instituciones». Y de este modo, prácticamente, para el común de las personas, el periodista parecía haber ganado la discusión (sobre todo si se piensa que los ejemplos que dio la militante de cómo son tratados los casos de corrupción dentro del partido donde milita, no corroboraban su punto de vista, sino lo contrario. Ésta comentó que en el partido donde ella milita, cuando ocurría un caso de corrupción, el implicado era separado del partido, es decir, se lo expulsaba del mismo. La misma medida parecía haber llevado a cabo la Iglesia, que días después del juicio civil, realizó el juicio canónico al ex sacerdote, en el cual se lo declaró culpable).

Ahora bien, a pesar de lo complejo que puede ser el análisis de la cuestión de las instituciones, lo que particularmente me preocupó en esta situación es: ¿por qué pareció tan obvia la contra-respuesta del periodista cuando —desde mi punto de vista— la militante de izquierda tenía razón? O mejor dicho: quizá estaba más cerca de la verdad que el análisis, las conclusiones y las premisas en las que se basó su adversario.

Sin embargo, la respuesta del periodista pareció más evidente porque tomaba como referencia los hechos de la realidad: en cada caso que se presenta, es siempre un individuo —o a lo sumo un grupo de individuos— el que se evidencia como el autor de un hecho corrupto, que por lo general coincide con un caso de violación de la legislación vigente —razón por la cual, el, la o los implicados suelen ser procesados judicialmente—. Y, dicho sea de paso, parecería que todo hecho de corrupción sólo cobrara ese estatuto cuando se imputa al implicado judicialmente, por lo cual —debo decir— ya no se trataría en sentido estricto de un caso de moral (o de falta de moral) sino de una contravención a las leyes vigentes —que por ser “legales” no necesariamente constituyen por esta razón (ni siempre) un hecho o fenómeno moral—.

¿Existen los fenómenos morales?

 Pero supongamos que el caso que se puso en cuestión es un caso de corrupción, es decir, un hecho o fenómeno moral ¿Quién tenía razón? ¿La militante de izquierda o el periodista de derecha? Aquí, en honor a la verdad, hay que decir que en rigor, y en el nivel de análisis de los hechos, ninguno de los dos tenía la razón. ¿Por qué? Porque lo que sucedió fue que la discusión se escindió en dos niveles de análisis distintos: el periodista se basó en el plano de los «hechos», mientras que la militante fue directamente al plano de los «principios».

O sea, en el plano empírico, el de “los hechos”, nunca se puede percibir la corrupción de las instituciones. Y para ser riguroso, tampoco “en los hechos” nunca hay corrupción alguna, porque la corrupción tomada en la acepción en que se tomó en la discusión no es un “hecho”, una propiedad o característica de un individuo o de una cosa, sino un juicio normativo —digamos un “juicio valorativo”— sobre un individuo, grupo, etc.[2] En este sentido, Nietzsche, por ejemplo, afirma que «no existen fenómenos morales, sino sólo una interpretación moral de los fenómenos».[3]

Así que se puede decir que el periodista comete este error de análisis porque pone un juicio de valor (o de disvalor en este caso) a algo que no tiene esa propiedad. O sea, no es más real la afirmación del periodista porque se refiera a un individuo. Y sin embargo, como comúnmente las personas solemos confundir los juicios valorativos con los juicios de hecho, nos pareció más convincente la afirmación del periodista que la de la militante. Nuestra ideología nos jugó una mala pasada, nos hizo creer en una especie de espejismo de una situación que en realidad no existe como tal, por más raro que parezca lo que estoy afirmando.

Debo confesar que a mí mismo me dejó dudando la afirmación del periodista a pesar de que yo intuí que algo no estaba bien en aquella afirmación. Y me llevó un tiempo caer en la cuenta de que el periodista había cometido el error de confundir el plano del ser (de los hechos puros o de lo que hay), con el del deber ser (el de los valores y normas morales), error que Hume ya nos había advertido mucho antes que Nietzsche.

Sin embargo, hay que decir que la afirmación de la militante, si entendía su afirmación como un hecho positivo, es decir, que se podía corroborar a simple vista y de modo inmediato, también estaba equivocada. En los hechos, nunca se puede percibir de manera directa una «institución corrupta», pero tampoco se puede observar de la misma manera «un individuo corrupto» —por las razones que ya explicamos—.

La corrupción como síntoma

Sin embargo, en el momento en que lo afirmó, la militante no estaba realizando una descripción supuestamente objetiva de unos supuestos “hechos”, sino una declaración política (ya que se supone que una militante política realiza declaraciones políticas y no necesariamente científicas o empíricas).  Y es «política» no porque tenga necesariamente que ver con todo ese bagaje de instituciones burguesas que conocemos con el nombre de «partidos políticos», sino porque está estrechamente relacionada con un posicionamiento que devela una verdad sobre la sociedad en su conjunto y que una posición contraría no dejaría traslucir: que existe una brecha que separa a burgueses de proletarios; o, en este caso, que señala el hecho del individuo como un síntoma de la existencia de esa brecha dentro de las instituciones.

O sea, afirmar que una institución está corrupta, es otra manera de decir que las instituciones están divididas, que en su interior existe una brecha que separara a diferentes grupos que tienen intereses diferentes e irreconciliables (ya sea económicos, sexuales-vinculares, políticos, sociales, educativos, religiosos, etc.).[4] Y el hecho de que se haya puesto en evidencia un caso de corrupción deja traslucir a su vez la existencia de esta brecha.

Aquí cabe aclarar que el periodista, evidentemente, quería salvar a la Iglesia de la culpa de lo que sucedió, eximirla de toda responsabilidad, dejarla incólume, inmaculada, libre de culpa y cargo. Pero eso no obsta para que, a partir de lo acontecido, quede en evidencia la brecha, que es también un punto vacío, a partir del cual se dividen los grupos que están en conflicto, velada o manifiestamente, dentro de las instituciones. Y este es el significado político de la afirmación de la militante. En otras palabras, si son los individuos los que están corrompidos, es una manifestación o síntoma de que institución también está corrompida.

Es decir, que la institución no es «una, santa y buena», sino que existe en su interior, en su dinámica institucional, una división interior que no la deja ser del todo transparente (ni completa) y que le impide ser íntegra en la realización de su mandato fundacional. Y a esto hay que sumarle que, en lo que se refiere a la institución religiosa, no sólo la Iglesia Católica, sino también otras denominaciones religiosas, son constantemente interrumpidas por casos de corrupción sexuales-vinculares (como los casos de abusos a menores, pero también de violaciones a mayores), o de corrupción económica, etc. El problema aquí es que sólo pasan a tener calidad de públicos cuando los medios de comunicación los declaran como tales. Pero en rigor las cuestiones morales o de inmoralidad no son equivalente de casos de ilegalidad.

Quiero dejar claro que, si bien un caso de ilegalidad podría implicar una cuestión de moralidad, no necesariamente tiene que ser así.  Por ejemplo, un corte de ruta de trabajadores que reclaman por su trabajo, o la toma de tierras de personas que tienen negado su derecho a la vivienda, puede ser catalogado desde el Estado y desde los medios de comunicación como ilegales, pero no son necesariamente inmorales, sino probablemente todo lo contrario. En este caso, lo ilegal no coincide con lo inmoral, y si lo pensamos de este modo, estamos equivocados en nuestro juicio moral y en nuestro posicionamiento político.

Sin embargo, en el caso del ex cura Monzón, hay, evidentemente, una coincidencia de lo ilegal y de lo inmoral. Digamos al pasar que las relaciones sexuales con menores de edad, sobre todo pienso en personas que ya están en la adolescencia avanzada, no son necesariamente inmorales si se dan ciertas condiciones, pero eso no quita que, por lo menos en nuestro país, sigan siendo ilegales.

Ahora bien, volviendo al tema de la corrupción, podemos afirmar que la existencia de individuos corruptos dentro de las instituciones, son un síntoma de que la institución también está corrompida. O sea, que en esa institución existe una brecha que separa a grupos que operan y representan distintos, contrapuestos e irreconciliables intereses dentro de cada institución. Además, hay que decir que el «individuo corrupto» no se representa a sí mismo, sino a un grupo dentro de la institución que defiende aquellos intereses.

Así, el ex cura Monzón es un representante de los intereses de todos los curas abusadores y violadores de la Iglesia, ya que dentro de esta institución —y esta vez, confirmado por la cantidad de casos que van aconteciendo— es evidente que existe un grupo que tiene intereses en abusar y violar sexualmente a niños o menores (e incluso a mayores), y esto se manifiesta cada vez de manera más patente. Afirmar que esto es culpa sólo de un individuo —como afirmó este periodista— es en realidad negar la existencia de esta brecha, o sea, la existencia de todos los casos de abusos y violaciones que intentan constantemente ser invisibilizados desde la institución y desde sus participantes individuales, en especial de esa parte que adhiere a estos intereses.[5]

Consideraciones finales

Ahora bien, ¿están las instituciones corruptas o sólo los individuos? Hay una interrelación entre la institución y sus miembros, a lo que hay que sumarle el hecho de que las aquellas forman la subjetividad de las personas que forman parte de éstas. A veces, puede ser que se formen de acuerdo al mandato fundacional de estas instituciones; pero también puede pasar que las instituciones en tanto Ley tenga su correlato perverso y genere en su funcionamiento normal su propia transgresión (tal como sugiere Žižek en el citado libro). Pero esto amerita un análisis aparte y más profundo. Por ahora nos basta con saber que un individuo corrupto dentro de una institución es un síntoma de la corrupción intrínseca de esa misma institución.

Notas

[1] Aquí se utiliza el término “institución” en un sentido amplio, aunque con resonancias en el concepto en que los teóricos del análisis institucional lo suelen utilizar, o sea, como «un conjunto de pautas, normas y valores que atraviesan la subjetividad de los individuos». No obstante, es posible que la utilicemos en un sentido más cercano a “organización”, es decir, a aquella instancia social donde la institución se materializa (la escuela, la Iglesia, el regimiento, el juzgado, etc.).

[2] Aquí, permítanme la siguiente “disgregación” —como dijo Panchito Sellarés—: el problema de afirmar que una institución no está corrupta, sino que son los individuos o ciertos individuos los que están corruptos, obliga a explicar por qué en una institución pura, santa y buena puede haber casos de corrupción; o sea, explicar el viejo problema de san Agustín: «Si Dios es bueno ¿por qué existe el mal? ».

[3] Ver Nietzsche, F. Más allá del bien y del mal, IV parte, aforismo 108.

[4] Aquí, alguien que conoce de la cuestión de las instituciones, puede preguntarse, con justicia, si esta brecha no es lo mismo que lo que los teóricos del análisis institucional denominan «atravesamiento institucional». Cada institución es o puede ser atravesada por diferentes o múltiples instituciones, lo que explicaría la dinámica de las diferentes funciones que pueden cumplir las organizaciones institucionales, aunque originariamente estén regidas por una institución matriz. Así, una escuela, que es una organización de la institución Educación, cumple también funciones de hospital, de cárcel, de regimiento, de fábrica, etc. No obstante, hay que decir que la brecha no es idéntica al dispositivo de atravesamiento, porque éste no necesariamente supone una brecha en los intereses, sino que podríamos decir que sólo afecta a la dinámica de la institución sin ninguna disrupción en su funcionamiento “normal”. La brecha, en cambio, se manifiesta sólo desde la óptica política, de los posicionamientos políticos/subjetivos dentro de la o las instituciones, y no necesariamente se relacionan con la dinámica “normal” de la institución, sino que estaría más bien —si me permiten la metáfora médica— del lado o en el orden de lo “patológico”. O quizá esté más cercano al plano de lo instituyente, en tanto se supone como un flujo de deseo que tiende a transformar la institución en su situación actual. La brecha es un impase de la institución, un punto muerto a partir del cual se generan los posicionamientos políticos dentro de la institución. No es necesariamente un “intersticio” pero sí un vacío. El intersticio es un hueco, pero un hueco “normal” de la estructura de las instituciones. En cambio, la brecha es intrínsecamente “patológica”, es la “enfermedad” disruptiva de todo el funcionamiento normal de la institución, y además, pone en cuestión dicho funcionamiento. Esta brecha que está inspirada en el pensamiento de Slavoj Žižek, se relaciona también con lo que este filósofo denomina «el reverso obsceno de la Ley». Cf. Žižek, S. (2005). El títere y el enano. El núcleo perverso del cristianismo. (A. Bixio, Trad.) Buenos Aires- Barcelona- México: Paidós, pp.129-65.

[5] Lo mismo sucede con la institución Familia, donde se dan muchos de los casos de abusos y de violación de menores. Aunque el grupo de abusadores y violadores no esté unificado, la grupalidad de personas que tienen estos intereses existe dentro de la institución, y eso pone en crisis el mandato fundacional de la familia donde supuestamente debería regir la ley de prohibición del incesto. Ahora sabemos por los distintos síntomas de los diferentes casos, que no es necesariamente así, por más que se desearía que lo fuera. La institución familia está dividida en su interior por esta brecha intrínseca.

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