febrero 07, 2023
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La maldición de un río y una niña que busca su identidad

Se nos presenta mediante la narración oral y visual la historia de una pequeña niña llamada Ivimarae´y que es arrancada de su pueblo originario, los abipones, y al ser llevada y tratada como esclava pierde su identidad y su nombre.

Una historia realmente trágica donde la niña es secuestrada y condenada a vivir otra vida, alejada de su lengua, de sus tradiciones, su identidad y su cultura para ser “civilizada”. Pero en la obra es llevado de tal manera que la crudeza del hecho queda de manera implícita, por momentos contrasta con el tono ameno y cómico, si se quiere, de la actuación de Alejandra Rodríguez.

Es difícil no pensar por lo que tuvo que haber pasado la pequeña y como sin saberlo se perdió así misma, a mi criterio esto aparece implícito en la obra, en momentos en los que la niña parece recordar su nombre: “Ivimarae´y” pero no está del todo segura y solo divaga, lo que queda son vagos recuerdos de lo que fue, como si fueran los vestigios de una hoguera. Es en ese intento por recuperarlos, cavando por dentro, peleando, es desde el lugar de la pequeña, desde su mirada, sus vivencias y recuerdos que conocemos su historia y la leyenda de la maldición del río, el cómo es encontrada y vista como salvaje, para pronto ser arrebatada de su identidad y su ser, siendo “civilizada “y olvidando sus orígenes. Un reflejo de lo que la aculturación o imperialismo cultural y la conquista de los españoles provocó en la tierra de los pueblos originarios

“Ivimarae´y” significa “la tierra sin mal”

Por otro lado, la leyenda de la maldición del río en el que se llevó a cabo una verdadera matanza, una maldición del cacique abipón que, antes de retirarse de la lucha contra el ejército del coronel Obligado, estableció que “así como los indios hermanos murieron en las aguas del Ichimaye, así los blancos morirían aquí” en venganza contra la terrible masacre que se libró allí. Una lucha violenta y cruda, y que en la obra se refleja muy bien, ese sentimiento de ira, furia y vidas masacradas en aquel campo de batalla son representadas mediante ese río teñido de un rojo saturado, sin ese detalle del uso de la luz sobre la tela no se daría tanto impacto a la situación, no provocaría lo mismo por la sensación que remite dicho color.

Por momentos es un blanco neutro, por otros es como si la luna llena se reflejara en ese río. Por eso es un elemento fundamental en toda la narrativa de la obra, además de estar ubicado en un primer plano dentro del marco teatral, otorga sentido, cambiando su tono dependiendo de la situación o escena narrada. Sin embargo, hay un juego de luces interesantes también para enfatizar a los personajes y este se refleja en la luz violeta o púrpura característica que aparece en la mayor parte de la obra. Que es utilizada para dar vida al personaje sargento Fernández contrastando con la luz cálida y ocre que ilumina el rostro de la pequeña niña, demostrándonos su inocencia y alma tranquila además eso se enfatiza aún más al hacer el juego de agacharse y cubrirse con su ropaje connotando esa inocencia, pequeñez, ternura. El detalle de la utilización de humo para sugerir (quizá) ese ida y vuelta en el tiempo, manifestando el intento de la niña de recordar su nombre y sus recuerdos, y al estar algo borrosos estos se le presenten como lagunas, o quizás también remitiendo un simple pasaje de un momento a otro, un salto en el tiempo, lo que en el cine se denominaría un flashback.

Las vibraciones de los remos chocando con la superficie del agua, los gruñidos y gemidos del animal, del propio río al azotarse con el bote, la icónica melodía que evoca esa atmósfera de estar en medio de una isla o del monte a la deriva, sin nada más que tu instinto de supervivencia, acechado por animales salvajes o una tribu desconocida, esa sensación es la que probablemente sientas al escuchar el universo sonoro creación de Fernando Gerez. El río y las imágenes que logra crear la obra en mi imaginación, tanto con la narración como el acompañamiento sonoro, describiendo un bello atardecer, un naufragio y una historia para no olvidar. Todos los elementos se conectan y se interrelacionan para crear ese espectáculo visual.

La llegada del aguará guazú es otro momento hermoso visualmente, este aparece en la noche para encontrarse con la niña, que a la vez sueña con él y más tarde cree que este no se la comió porque cree firmemente que el animal la vió como su amiga. De repente al caer la noche todo se torna realmente oscuro, como si estuvieses en medio de una isla sin una sola fuente de luz y a lo lejos, de repente comenzaran a surgir de la completa oscuridad, los ojos brillantes de una bestia desconocida, pero para nada amigable. El efecto visual que se genera al solo verse la cabeza del zorrito sin cuerpo, ya que es tan oscuro que no se logra apreciar y el efecto de la iluminación fluorescente es realmente impactante y transmite esa sensación de que la figura aparece casi de la nada y está al acecho, lista para atrapar a su presa.

Esta obra, aunque por momentos divertida reconstruye y recrea el suceso ocurrido aquel 23 de junio, la lucha de un pueblo abipón contra las tropas del general Obligado, invita tanto a la aventura de adentrarse en ese mundo de donde proviene la niña, a conocer su historia, como a la reflexión, a mirarlo desde otra perspectiva a aquel mito que protagoniza al arroyo del rey, una historia sobre nuestra tierra, sobre nuestro pasado y nuestra identidad.

Por Guillermo Arce

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