PENSAR LA GUERRA DE MALVINAS

PENSAR LA GUERRA DE MALVINAS

POR FABIÁN MUCHIUT

Advertencia

Aunque este texto abarca un poco las cosas a vuelo de pájaro y pretende ser un escrito polémico, es evidente que no agota —ni tiene la intención deagotar—el tema. La última palabra sobre la Guerra de Malvinas está aún por decirse. Quizá sea una herencia histórica que puedan resolver las futuras generaciones. Sin embargo, sostengo que hay que tomar una posición. Por eso, intento aquí hacer un aporte a ese debate futuro que como ciudadanos y ciudadanas nos debemos. Creo, eso sí, que en este texto se advierte sobre la manipulación mediática que han hecho de este tema los gobiernos “democráticos”, que, sinceramente, no parece importarles auténticamente.Es necesario por lo tanto que se les exija todo lo necesario para que,por lo menos el Estado, se haga cargo de sus yerros históricos. Esto implica, obviamente, menos privilegios para los gobernantes y más reconocimiento para los derechos de l@strabajador@s. Ésta es una deuda siempre pendiente de los Estados burgueses.

Por otro lado, debe confesar que este texto fue inspirado en la velada que anteceda al acto de conmemoración del “Día de los Veteranos y de los caídos en la guerra de Malvinas”. Y, aunque el tema de este texto toca de cerca a los veteranos de guerra y a los familiares de los soldados caídos en combate, no se limita sólo a ellos, sino que se dirige a tod@s los ciudadan@s, en general. No obstante, les dedico este texto a todos los organizadores de esa velada y con ellos a la memoria de los jóvenes que quedaron en las Islas, para que algún día se les haga justicia.

Trauma, afecto y dictadura

La Guerra de Malvinas es un acontecimiento que demanda ser pensado, que insiste en que se tome una decisión sobre su significado indecidible. De hecho, desde el “afecto” ya se ha tomado una decisión sobre lo que esta guerra significa: es la del «trauma». Aquí, hay que decir que el hecho de decidir que la lectura de la Guerra deba ser realizada desde el punto de vista de una situación traumática, es una decisión política, que posiblemente, ha sido fomentada por el Estado para sumar un punto más a su discurso sobre lo malo de la Dictadura, que en última instancia justifica todas las atrocidades que se puedan cometer durante un gobierno elegido “democráticamente”.

Por esta razón, hay que insistir —hoy más que nunca— en que la Guerra de Malvinas fue utilizada por los gobiernos “democráticos” para reforzar la idea del cuco de los gobiernos no-democráticos, no sólo la de las dictaduras militares, sino otras formas de gobiernos que en el imaginario social pueda tener semejanza con el significante “dictadura”, como por ejemplo, la Dictadura del Proletariado. De hecho, lo que se suele ocultar aquí, es que lo que hoy se llama “Democracia” o “gobierno democrático” es ya una dictadura: la Dictadura de la Burguesía.

La guerra como modo de la psicosis

La Guerra de Malvinas parece haber sido la proyección de las mismas contradicciones y conflictos internos que vivía el país, los cuales se manifestaron bajo el modo de un enemigo externo. Lo que siempre suena sospechoso es que justo ese enemigo era un país (la Inglaterra de Margaret Thatcher) que estaba pasando por un momento de receso económico, es decir, que también necesitaba “exteriorizar” sus conflictos internos, pero con la diferencia, no tan sutil, de que para Inglaterra la guerra es una actividad económica y, además, lucrativa. Si bien es cierto que Argentina podría haber ganado la guerra a corto plazo, no obstante, según los testimonios de los excombatientes (entre ellos muchos oficiales), el Alto Mando argentino hizo todo lo posible para sabotear el buen desempeño de las fuerzas armadas argentinas, (lo cual implicó el hecho que va desde mandar conscriptos sin los conocimientos más básicos sobre el arte del combate, hasta denegar la adecuada provisión de alimentos y armas adecuadas como para enfrentar a uno de los países con el armamento más avanzado del mundo, y con la tercera o cuarta flota más grande del mundo). De este modo, la desventaja de los soldados argentinos no era sólo «externa», es decir, asimétrica respecto de los armamentos de las fuerzas enemigas, sino también «interna», puesto que el mismo gobierno argentino le negaba a sus propias fuerzas los medios necesarios para hacer frente al enemigo —desde los aprovisionamientos materiales y armamentístico hasta en las coacciones sobre las iniciativas de los combatientes que estaban en el campo de batalla—.

Así, la Guerra de Malvinas fue una especie de gesto psicótico que quiso forcluir (encerrar fuera) aquello que negaba como situación conflictiva en un país que se estaba llevando a cabo una campaña de exterminio de todos aquellos militantes de izquierda y personas capaces de organizar a otros, y que retornó en forma de una guerra contra una superpotencia externa (puesto que en psicosis lo forcluido retorna desde el exterior, desde la realidad).

¿Qué hubiera pasado si ganábamos la guerra?

La pregunta contrafáctica obligada es: ¿Qué habría pasado si la guerra se hubiera ganado? ¿Se habrían solucionados todos los conflictos internos de nuestro país?De hecho, es posible que no, que se hubiera acrecentado y legitimado el poder chauvinista y fascista de un gobierno de facto que ya estaba perdiendo el apoyo popular. Por eso, suele decirse que la Guerra de Malvinas fue un «manotazo de ahogado» del gobierno militar. No obstante, en mi opinión, fue el corrimiento del velo de lo que realmente era este gobierno y de lo que significó para nuestros compatriotas: la muerte de sus hijos, la instalación de una política neoliberal a ultranza y el desmantelamiento de todos los derechos y conquistas sociales que se le endilgan «peronísticamente» al llamado “Estado de bienestar”.

Pensar la guerra desde el concepto

Ahora bien, es imposible cerrar el círculo que se abrió a partir del 2 de abril de 1982 si no se piensa el acontecimiento de la guerra desde una perspectiva que pueda avanzar desde el afecto al concepto. Entonces, ¿cómo deberíamos pensar el acontecimiento de la Guerra de Malvinas? Por lo menos sabemos cómo no habría que pensarlo: como una cuestión de sentimientos, es decir, desde el punto de vista del «afecto». Esto no significa olvidar lo sucedido, sino elevar el acontecimiento a su rango de eternidad, de verdad eterna, y convertir este afecto en concepto (lo que en definitiva permite simbolizar la situación traumática y elaborar el duelo). Esta es la única forma de salir del círculo mórbido en que se encuentra la actual lucha de los excombatientes.

Así, los gobiernos “democráticos” fomentaron que los reclamos de los excombatientes se encapsulen en el regocijo del trauma, el dolor, y el duelo, perpetuos. Sin embargo, hay que insistir, hoy más que nunca, en que esta forma de conmemorar la Guerra de Malvinas implica ya un posicionamiento político y subjetivo que, por otra parte, fue inculcado y reforzado por —y desde— los gobiernos “democráticos” para justificar sus propias atrocidades, crímenes y chanchullos. Por esta razón, hay que buscar la manera de pensar de manera diferente, o por lo menos, ya es tiempo de comenzar a poner en cuestión todos los supuestos que nos son trasmitidos desde el Estado por medio de sus aparatos ideológicos. La verdadera guerra, la que aún debemos pelear y que debemos ganar, es la lucha por una vida más digna y justa, y esa es la única lucha que hoy tenemos pendiente, y que, seguramente, la tenga todo el mundo.

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