noviembre 27, 2022
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¿QUÉ ES LA IZQUIERDA?

¿Qué es la izquierda? ¿Y de qué lado está?

El filósofo Alain Badiou, comienza uno de sus libros (El siglo, Ed. Manatial, 2005), con un fragmento de la obra de Jean Genet, dónde pregunta: « ¿Qué es un negro? », para agregar casi de inmediato: « ¿y de qué color es? ». Ahora bien, si trasladamos estas pregunta a la cuestión de la política, podríamos hacer la siguiente pregunta: «¿Qué es la izquierda? », y sobre todo, «¿De qué lado está? ».
Lo que generalmente se suele pasar por alto, es la idea de que la izquierda indica, antes que nada, una cuestión de lugar, un posicionamiento espacial, y que éste es, por contrapartida, un concepto relativo, pues tiene una estrecha relación con otro concepto respecto del cual se lo puede definir: la derecha. En este sentido, se suele hablar de «la izquierda» en política, como si fuera lo otro-de-la-política, o sea, aquello que es distinto —y por lo tanto, tan desconocido como temido— de lo que normalmente hay. Lo que hay —se suele pensar— son políticas de derecha, o «la política», que es de derecha, y que es la que históricamente ha gobernado en nuestro país, y en nuestra ciudad. Así, se puede afirmar que, desde esta perspectiva, siempre concebimos a la izquierda desde el punto de vista de la derecha. Sin embargo, hay que decir que éste es un craso error lógico, pues como sabemos desde que Gödel escribió su famoso teorema, que es imposible determinar las contradicciones de un sistema desde dentro del mismo sistema, y que, por lo tanto, se necesita de otro sistema para realizar esa evaluación del sistema anterior. En este sentido, se puede decir que no es la derecha la que define a la izquierda, sino que es justamente al revés: es la izquierda la que define a la derecha.

 

La izquierda es la verdadera política

Es más, desde este punto de vista, la única política verdadera es la de izquierda, mientras que la de la derecha sería una política falsa, o mejor dicho, una no-política. Esta es la razón por la cual nunca escucharemos hablar a un “político” de derecha de cuestiones de un cambio radical de nuestras condiciones materiales y simbólicas de existencia, sino más bien de «gestión» y de «administración». La “política” de derecha se reduce a la gestión y administración de bienes y  servicios. Uno podría objetar aquí que, por ejemplo, la “política” de Macri sí hablaba de un cambio. Su lema: “Cambiemos”, es una prueba patente de ello. No obstante, lo que en realidad proponía la campaña electoral de Macri es, en realidad, una modificación, no un cambio real. Modificación de la gestión administrativa del gobierno de turno. Además, Macri nunca pensó en cambiar de juego, sino en modificar las reglas de juego. No dijo: «Ahora que estoy yo, juguemos otro juego», sino que simplemente modificó las reglas internas del mismo juego, que es siempre el del Capitalparlamentarismo.
Por su parte, la izquierda sí propone un cambio radical, un cambio, no sólo de las reglas internas del juego —pero que mantiene intactas las condiciones que hacen posible ese juego—, sino de también del juego mismo: ahora juguemos otro juego, con otras reglas.
De este modo, se puede comprender que la izquierda es en realidad la verdadera política, y que está del lado del pueblo trabajador —a diferencia de la “política” de derecha, que sólo finge estar del lado de los trabajadores o del pueblo, pero siempre esconde sus verdaderos intereses, que son los de las clases dominantes—.
Esto que se dice de la derecha en la política, es igualmente válido para todos los ámbitos sociales donde predomine esta forma ideológica, o sea, para decirlo en términos de Althusser, es así dentro de todos los aparatos ideológicos del Estado —que no por ser «del Estado» son necesariamente públicos: por lo general, como en los casos de los medios de comunicación, las iglesias, las escuelas, pertenecen también al sector privado—.

Pares binarios

Sabiendo entonces que la izquierda es la política verdadera (o la política en el sentido moderno del término), y que está del lado de los trabajadores —que al asumirse como sujetos políticos o al incorporarse a una verdad política devienen en proletarios—, hay que decir que concebir la izquierda como un término relativo a la derecha tiene algunos problemas. Pues, si se supone que izquierda y derecha son términos relativos, es decir, que uno adquiere su significación a partir del otro, entonces, la izquierda depende para existir de la derecha, y viceversa. Son como dos caras de una misma moneda, y por lo tanto, el campo de acción de estos dos términos está englobado por uno más abarcador que es el del Estado burgués. Esta sumisión de la política de izquierda al Estado hace que en realidad la derecha sea la verdadera política, es decir, el punto de vista desde el cual se define y concede entidad al otro término. Esto es lo que se conoce como pares binarios, característica propia de los estructuralismos. En los pares binarios, siempre se da una relación de oposición entre un término y otro, y por lo general, hay uno que suele dominar sobre el otro: (Ser/nada, bueno/malo, lindo/feo, blanco/negro, occidente/oriente, civilización/barbarie, etc.). Así, el para binario derecha/izquierda, hace ver a esta última como un derivado, con el agregado de la connotación negativa, que esta estructura sugiere. De este modo, la izquierda es el reverso negativo de la derecha, y por lo tanto, se lo asocia a lo malo de la política.

La izquierda es múltiple, la derecha también

Además, en los pares binarios se suele pasar por alto el hecho de que la izquierda no es una sola, sino que es múltiple. Y, evidentemente, la derecha también. Y es, por lo general, esta multiplicidad de variantes políticas, tanto de izquierda como de derecha, la que suele confundir a las personas que no se han decidido por una de las dos políticas. De hecho, no existe tercer término, así que siempre se está en situado en uno u otro, aunque se crea estar al margen de la disputa. Esto es claro por la misma razón por la que, en el teorema de Gödel, no se pueden ver las inconsistencias o contradicciones de un sistema desde su interior. La persona que dice que no es ni de derecha ni de izquierda, suele decirlo justamente desde el punto de vista de la no-política, y como afirmamos anteriormente, ésta es la derecha.

¿Es la izquierda de Reconquista una política improvisada?

Permítanme hacer una digresión sobre la cuestión de la izquierda en Reconquista. Es una anécdota sobre un comentario en el programa de Gustavo Raffín. En uno de sus días de lucidez, una de las chicas que trabaja con este periodista, le preguntó a él (¡Justo a él!), por qué la izquierda nunca gana en nuestra querida ciudad. A lo que Raffín contestó: «Porque son unos improvisados», un grupo de personas dispersas, sin ninguna ambición, que se juntan sólo para formar lista en los tiempos de campaña electoral, pero que no tienen una continuidad en el tiempo. Si bien es cierto que, por lo general, en nuestra región, que dicho sea de paso es una especie de feudo de las grandes empresas como la Vicentín y la Cooperativa de Avellaneda, entre otras, las condiciones para la consolidación de un grupo de izquierda es particularmente hostil, y por lo general, en casi todos los lugares, la emergencia de un grupo revolucionario, que se opone sin tapujos a los intereses mezquinos de los poderosos, es ocasión para que los que dominan de ejercer su poder represivo sobre estos grupos disidentes, e incluso, una excusa para eliminarlos, porque «ponen el peligro el orden y el progreso de toda la sociedad». No obstante, no es del todo cierto que los grupos de izquierda sean en Reconquista unos improvisados, o por lo menos, no más que algunos partidos de derecha, cuyo caso más patente es el del PRO. ¿Acaso existe otro partido más improvisado y hecho ad hoc, es decir, sólo para el caso específico de estas elecciones y que no tenía otro programa político que el de ganar las elecciones a cualquier costo? El PRO es —para usar un término de Lévi-Strauss— el «acto fallido que tuvo éxito»; o sea, una equivocación social que logró el consenso para ser elegido para gobernar. Pero que haya triunfado, no le quita para nada el hecho de que sea una improvisación. En realidad, las células de izquierda en Reconquista, que son las del Partido Obrero, no son estables, es cierto. Sin embargo, está conformada, por lo general, por militantes sociales que no son conocidos porque no se están haciendo publicidad, ni tampoco la necesitan, para hacer su trabajo, a diferencia de otras empresas y medios que viven de la timba publicitaria.

Otra cosita al respecto: en el 2011, el Partido Obrero en Reconquista —el único partido que basaba su plataforma en los intereses de los trabajadores y no de los grandes capitalistas—, tenía establecidas sus propuestas por escrito ya en la primera vuelta, a diferencia de todos los demás partidos de derecha como el PRO, el PJ, etc., que recién se pusieron a pensar sus plataformas cuando ganaron la primera vuelta. ¿No es esto un patente caso de improvisación?

Lo que quizá quiso decir Raffín con eso de la improvisación, es que los del PO eran políticos amateurs, que se diferencian de los políticos profesionales en que no viven a expensas del dinero del erario público, sino que tienen que trabajar para conseguir recursos para financiar la campaña. En otras palabras, que no son corruptos como los demás, sino que son demasiado parecidos al común de la gente como para permitirles acceder a los cargos de gobierno. Aunque quizá se puede concederle a Raffín que el Partido Obrero en Reconquista es un partido improvisado, pero no en mayor medida que las opiniones obtusas de este periodista.

 

La falacia de Odasso

Ahora bien, ya que estamos con los medios, me gustaría hacer una última digresión. Pasemos a otro famoso periodista, José Carlos Odasso. Ayer, este periodista, a raíz de un mensaje de un oyente, que decía que apoyaba al candidato del PRO que se estaba entrevistando en el programa, porque —según el oyente— sus propuestas eran acordes con la realidad nacional. Odasso, hizo una acotación al respecto, y afirmó que él es muy respetuoso de la opinión de los demás, pero que este candidato estaba alineado con las propuestas del actual gobierno nacional, y derivó en una reflexión sobre el fracaso de aquellas políticas que no se ajustan a la realidad, como por ejemplo, el caso de Venezuela, que según él terminó en el más rotundo fracaso. Evidentemente, el dardo fue dirigido al anterior gobierno nacional, es decir, a Cristina Kirchner, pero se podía vislumbrar en su comentario (por el hecho de la comparación con el país bolivariano), que su crítica iba dirigida a todos los gobiernos de izquierda —por más que el cristinismo no lo fuera y dudosamente lo sea el chavismo—. Aquí, el error de Odasso, o su falacia, es haber llegado a conclusiones generales a partir de la consideración de casos históricos particulares. Este tipo de razonamiento, es lo que los lógicos llaman «inducción», que como se sabe, es un tipo de razonamiento lógicamente no válido. La razón de esto es simple: no se puede partir de lo particular o de casos particulares para justificar luego lo general. Por ejemplo: si alguien quiere investigar de qué color son los cuervos, irá a buscar cuervos. Verá uno, y dirá que es negro. Luego, otro, también negro, y así hasta que logra un número lo suficientemente grande de muestras donde todos los cuervos sean negros. Entonces, de ahí generaliza la siguiente ley: «todos los cuervos son negros». El problema de esto —que fue analizado por el epistemólogo Karl Popper— es que si apareciera un solo cuervo que no fuera negro, dejaría sin efecto esa ley. En este sentido, es muy apresurado sacar conclusiones generales del análisis de casos particulares. Y menos aun cuando se trata de hacer consideraciones sobre los modelos políticos a partir de las experiencias históricas existentes, como si hubiera un parámetro general para asegurar que lo que fracasó en un lugar, también puede fracasar en otro. Es más, si un modelo político fracasa, no es porque sea de izquierda, puesto que los modelos de derecha han fracasado en muchas más ocasiones que los de izquierda, sobre todo en nuestro país, en el que no existen registros de un gobierno de izquierda, pero sí del fracaso de los gobiernos de derecha, como fue patente en el 20 de diciembre del 2001. Es más, que un régimen de gobierno se mantenga en el tiempo, no es un parámetro para medir su éxito, puesto que la mayoría de los gobiernos de derecha son justamente eso: modelos de gobierno fracasados que insisten en perpetuarse en el tiempo. Pero, en un país donde haya un gran porcentaje de pobres, un gran índice de desocupación, una tasa de creciente indigencia, y una inflación que no se puede controlar, sumado a la devaluación de su moneda, es ya un gobierno que ha fracasado antes de comenzar. El macrismo tiene hoy tantos o más problemas que chavismo en Venezuela, pero los medios no siempre nos muestran la realidad tal cual es.

Hacia una izquierda absoluta

Volviendo al tema de la izquierda, el desafío hoy para todo militante progresista, es lograr una concepción de política de izquierda pero emancipada de su correlación con la derecha y el Estado. En otras palabras, lo que se debe buscar es la consolidación de una izquierda absoluta, no relativa, que no se piense sólo en oposición a tal o cual política o no-política, sino que se conciba a partir de la propuesta de una creación autónoma e independiente. En otras palabras, la creación de lo que Badiou llamaría «un mundo» que no tenga ninguna relación con las no-políticas o las política de derecha. La izquierda, en esta sentido, debe priorizar su faceta afirmativa y creadora de nuevas condiciones materiales y simbólicas para todas las personas, crear una política que sea la consecuencia lógica que se deriva de haberse incorporado a una verdad política que propone una máxima emancipatoria.

Ahora bien, alguien podría con toda razón preguntar: — Pero, ¿es esto posible? La pregunta sin embargo es inadecuada, porque la verdadera política no es —como afirman los de derecha— «el arte de lo posible», porque lo posible, es posible y para ello no se necesita ningún arte, está ahí, dado, alcanzable y factiblemente. La verdadera política, en cambio, es más bien —como afirma Badiou— «el arte de lo imposible». Pues, es este el verdadero desafío: lograr lo imposible. Pero, para ello no siempre se dispone de los mejores medios, estamos ante ello, un poco en condición de improvisados. Sin embargo, como bien dijo Beckett: «en las inconsistencias apoyarse». La creación de una verdadera política siempre se sostiene sobre un suelo precario, inseguro, movedizo. No obstante, es el material del que disponemos, y en éste deberemos apuntalarnos. O, también, como dijo la filósofa Natacha Michel: habrá que «alarmar al no hasta que se convierta en sí». Este es otro modo de decir que «los nada de hoy, todo han de ser».

 

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