RECONQUISTA: SU HISTORIA NO ES UNA PERLA INMACULADA

RECONQUISTA: SU HISTORIA NO ES UNA PERLA INMACULADA

Reflexionar es un momento de todo festejo, aunque en esta ocasión nos toque pensar sobre el inmaculado origen de nuestra querida ciudad de Reconquista, “la Perla del Norte Santafesino”. Además, reflexionar nos lleva a rememorar anécdotas y, por qué no, a homenajear personas que fueron importantes en nuestra vida, y que de alguna manera, también forman parte de la historia de nuestra ciudad. Y lo mismo podemos decir de aquellos que estaban antes pero que sigue viviendo en una suerte de minimalismo de sus condiciones materiales de existencia siendo parte de esta historia que está ciertamente inconclusa. La historia de la Perla del Norte está asentada sobre la sangre, el barro y la muerte de miles de personas. Pero, si bien eso puede determinar quiénes fuimos y somos, no tiene por qué determinar quiénes seremos. Del coraje de pensar la historia en toda su cruda verdad depende el destino de nuestro futuro. 

 

El minimalismo de las condiciones materiales de existencia

 

Al momento de escribir este artículo es 27 de abril, Día del Aniversario de la Fundación de Reconquista, nuestra querida ciudad.

 

 A los medios de comunicación hegemónicos locales “siempre” les gusta hacernos recordar las bellezas que para nosotros ya son invisibles dado a nuestra rutinaria cercanía a ellas y para las cuales ya hemos perdido nuestra capacidad de asombro y que no sabemos valorar. Lo curioso es que estos medios, que son especialistas en ocultar las realidades más molestas a los poderes hegemónicos, ya sea políticos o económicos, nos quieran hacer ver la invisibilidad de aquello que es valorable, en última instancia en función de los beneficios económicos que podemos obtener de estas realidades ocultas, tan potencialmente propicias para el turismo, por ejemplo, y todo lo que esto trae a colación. Y aquí —no quiero insistir sobre la obviedad, tanto “lo bueno”, esto es, la supuesta prosperidad económica —pero en primer lugar, de los que ya más tienen, hay que decirlo—, como “lo malo”, o sea, el indeseable correlato del llamado “turismo sexual”, el tráfico de drogas para proveer a los turistas, y todo el submundo que se suele producir a partir de tan productiva actividad económica. Y eso sin sumarle la potencialmente peligrosa depredación de la fauna autóctona, ya sea de los ríos o de los montes, etc. Esto —también hay que decirlo— ya se rumorea que está pasando no a muchos kilómetros de nuestra ciudad y que está dando “buenos” resultados. Así que las pruebas piloto ya están indicando que la potencialidad de esta actividad es factible en nuestra zona, y que está disponible ahí para cuando queramos acceder a ella.

 

Y siguiendo con el tema de las invisibilidades inculcadas desde los medios hegemónicos, se puede mencionar al pasar una que no es menor: la de que del 19 al 25 de abril se conmemoró la Semana de los Pueblos Originarios (o de los Pueblos Indígenas, como parece llamarse oficialmente ahora). Y lo curioso o sintomático de todo esto fue que se hizo muy poca mención de ello en estos medios hegemónicos, ya que la situación de la cuarentena y el ASPO (Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio) parecen opacar en visibilidad e importancia, cuando sabemos que en realidad no es así, sino que esta situación suele agravar aún más. (Si quieren un testimonio de la gravedad del asunto en nuestra ciudad, los invito a leer la excelente entrevista del compañero Javier Nievas para rayalmedio.com, donde queda en evidencia la gravedad de la situación que siguen viviendo las personas de los Pueblos Originarios desde hace más de 500 años, una suerte de minimalismo de las condiciones materiales de existencia, que no es otra cosa que la situación de total abandono de estos pueblos por parte del Estado, o peor aún, su situación de estar en una especie de cautiverio, como si fuesen parte de una reserva ecológica de un grupo étnico autóctono, de la misma manera en que puedan encontrarse otras especies animales. Aunque suene duro decirlo de este modo, es así como parece que el Estado y las instituciones como Sociedad Amigo del Aborigen, por ejemplo, suelen tratar a estas comunidades. Nunca un programa de emancipación, sino el típico cautiverio que convierte a las personas en situación de vulnerabilidad en reos de políticas de clientelismo electoralista de reserva).[1]

 

Y ya que hablé de los 500 Años, permítanme traer a colación una anécdota que fue para mí muy significativa. Este acontecimiento se produjo allá por el año 1992, momento en el que yo estaba cursando el segundo año de la secundaria en el prestigioso Instituto Reconquista, que es una institución educativa de orientación católica, pero que no es necesariamente una institución privada, sino mixta, pues el Estado provincial paga —hasta donde tengo entendido— los sueldos de los profesores que dan clases ahí.

 

En aquella época, yo iba a la escuela con Matías Ahumada, actual filósofo y músico reconquistense, que es hijo del prestigioso artista plástico Miguel Ahumada. Ahora bien, sucedió que Matías y Miguel, desde hace mucho tiempo que fueron uno simpatizantes de la causa americanista, y en esa época no fue la excepción. Matías llevó a la escuela un póster de los “500 EngAños”, que era una forma de poner en cuestión el relato oficial del «descubrimiento de América», que solía ocultar el genocidio de los pueblos originarios y la situación de injusticia y miseria que siguen padeciendo la mayoría de estos pueblos en la actualidad.

 

El destino de ese póster fue el vidrio de la puerta de nuestro curso de aquel entonces. En esa época era directora de la escuela la profesora María Soledad Domínguez, que era de nacionalidad española y que tenía la valentía de defender el gobierno de Franco. Y por lo tanto también era defensora a ultranza de la Fe Católica. Razón por la cual, se sintió muy ofendida por la intervención artístico-política de Matías, y nos interpeló para que recapacitemos respecto de lo sucedido, ya que este hecho, cuestionaba la legitimidad de la Iglesia Católica en nuestro continente, era un ataque ideológico directo a esta institución, de la cual dependíamos supuestamente en esa escuela.

 

Pero, finalmente, Matías decidió, por pedido de sus padres, retirar el póster de la puerta. Pese a todo, recuerdo que la directora no nos obligó a retirarlo, sino que nos planteó su desacuerdo, pero respetaba el punto de vista disidente.

 

De más está decir que ese acontecimiento hizo que mi posicionamiento sobre la cuestión de la situación de los Pueblos Originarios fuera más firme, y que de hecho me acompañara durante una importante parte de mi cursado en el Profesorado —que hoy, dicho sea de paso,  pelea por la continuidad de la construcción de su edificio propio—. Quería traer a colación esta anécdota, porque quería recordar y homenajear a un amigo y camarada que fue uno de los pocos «blanco» que pudo ganar la confianza del cacique y los «paisanos» —como los llamaba él— de la comunidades originarias. Me refiero a Don Oscar Sandoval, que acompañó a la Comunidad de San Francisco hasta el día de su fallecimiento, y el cual me ayudó a conocer y a estar informado de detalles de las Comunidades y de su relación con las ONG que se encargaban de —en el mejor de los casos— ayudarlas. Oscar era una persona que tenía un obstinado convencimiento y una clara conciencia de que la potencia subjetiva que va a llevar a las personas de los Pueblos Originarios a su emancipación política y cultural del yugo del Estado capitalista, no necesita de la ayuda de los blancos, pese a que en su actual condición de “cautiverio” necesiten de la ayuda económica y sanitaria de ellos.

 

Por mi parte nunca supe comprender la profundidad de este convencimiento de mi amigo Oscar, que pudo ver lo esencial de la lucha mejor que ningún otro blanco en nuestra ciudad, pues él ya era prácticamente parte de la comunidad, de sus paisanos. Él era «el único blanco en el que confiaban» los paisanos. Era invitado a participar de rituales a los que ningún o muy pocos blancos han podido acceder. Y yo fui un escéptico testigo de todo lo que él me legó a través de nuestras interminables charlas. Nunca pudimos capitalizar sus charlas. Nunca se me ocurrió grabar alguna para tener un documento que en este momento sería invaluable, y que me hubiera servido de insumo para desinvisibilizar la lucha de estos Pueblos.

 

Que Oscar ya no esté entre nosotros es una dura pérdida, no sólo para mí y mi querido padre —que era su mejor amigo—, sino también para el proceso de la continuidad de la lucha, aunque sin ninguna duda la lucha sigue su curso, con los inevitables avatares de toda lucha que nace de grupos que han sido históricamente marginados por una sociedad y un Estado que los oprime en todos los sentido que puede. O que se aprovecha de su situación de «grupo de riesgo», y los convierte en especímenes de una raza en extinción.

 

Mi papá solía decir —y estoy seguro de que él se creía esto que decía— que Oscar era «indio», sobre todo porque era muy obstinado —atributo que no es necesariamente privativo de los aborígenes, hay que decir—; pero, en su racista valoración de un rasgo supuestamente negativo de su amigo, se escondía una gran verdad, o quizá dos: Oscar era ya un paisano (en eso lxs paisanxs de la Comunidad de San Francisco le hubieron dado la razón a mi papá); pero además que era obstinado, pero no sin un fundamento verdadero, sino a causa de este fundamento, que se basaba en su propia experiencia de estar incorporado a la lucha de estos Pueblos —y si me preguntan— fue esta confianza en ellos y no su Fe evangelista lo que —estoy convencido de ello— salvó a mi amigo Oscar y le permitió su entrada a su Cielo, desde donde seguramente sigue acompañando pacientemente esta lucha, que también fue su lucha —y él si tenía la autoridad para esta identificación, créanme—.

 

Retomando el aniversario de Reconquista

 

Luego de esta larga digresión y homenaje a un amigo, quiero confesar que la idea inicial de este artículo de opinión era reflexionar sobre los orígenes vandálicos de la Perla del Norte Santafesino.

 

En mis épocas de profesorado, era habitual para estas fechas que el profesor Dante Ruggeroni se dedicara a dar una charla-conferencia sobre los orígenes históricos de la ciudad de Reconquista. Tuvo la habilidad de ir adecuando su discurso a los gobiernos de turno y de ocultar lo verdaderamente importante del asunto, aunque siempre lograba, con alardes de erudición, dejar contentos a todos, en especial a las impresionables autoridades políticas de turno, que solían quedar anonadadas con sus discursos. Pero yo tenía noticias —porque tengo muchos amigos profesores de historia— de que el profesor Ruggeroni en privado decía pensar de otro modo, razón por la cual le fui teniendo cierta aversión por considerar esta actitud un tanto hipócrita e indigna de un verdadero intelectual.

 

Resultó que en una mesa de examen en un anexo de la EESO N°203, me llamaron para reemplazar en la materia Seminario de Investigación, que por lo  general está a cargo de profesores de historia. En esa mesa, se presentó una alumna con todo el material de lectura de la materia, más el trabajo que debía obligatoriamente presentar para rendir. En ese material, había un texto, justamente, del profesor Ruggeroni. Era un texto que hablaba de la fundación de Reconquista, y no era el típico texto de su colección de libros El Loakal. Este texto era diferente, su perspectiva era claramente marxista, y analizaba la fundación de Reconquista a la luz de su lugar en la geopolítica y la política económica de finales del siglo XIX. Allí hablaba justamente de cómo el Gobierno Nacional fomentó la conquista de estos «territorios nacionales del Chaco» para la plantación de algodón con la finalidad de servir de materia prima para las telas que se fabricaban en Inglaterra, que había experimentado ya sus Revoluciones Industriales. Y así quedaba claro que en realidad la historia de la fundación de Reconquista, y la historia del avance mundial del Capitalismo se cruzaban; o peor aún, la historia de Reconquista es directamente deudora de la historia del Capitalismo. Eso explica también lo cruento de la conquista, la matanza y el saqueo de los territorios de las Naciones Originarias, y el papel «civilizador de la Gesta de Obligado» —lo digo, por las dudas, irónicamente—.

 

La Perla del Norte no tiene un pasado inmaculado, sino que está manchada con la sangre del exterminio de miles de personas originarias y con el subsecuente saqueo de las tierras que después se constituyeron en lo que hoy es Reconquista. Es la historia de un gran robo y de un gran asesinato, y lo peor de todo es que esto no es sólo una metáfora, sino una realidad histórica.

 

Todo esto explica la mentalidad capitalista hegemónica de nuestra ciudad, cuyo más elevado nivel de pensamiento filosófico fue el de los grupos masones que vivieron durante algunos años de la historia de la ciudad, y que siempre lucharon contra el oscurantismo religioso de las ideas Católicas. Quizá el fracaso político de los masones en nuestra ciudad explique por qué incluso hoy, ya en los albores del siglo XXI, 148 años después de su fundación, existe en Reconquista y en la región una suerte de pensamiento feudal, y que sea tan reacio a las nuevas ideas, y en especial a las que propugnan un ideal libertario o emancipador, o sea, más justo e igualitario.

 

Así que ese texto del profesor Ruggeroni —texto que por otra parte espero volver a encontrar— fue muy significativo para mí en el momento en que lo encontré y fue un testimonio de la formación marxista inicial de Ruggeroni, pero también —en mi opinión— de  su posterior renegación oportunista.

 

En fin, no quisiera terminar aquí dejando la impresión de que pienso que Reconquista no tiene nada bueno. Pero sí quería señalar que los orígenes históricos no son tan impolutos como a veces nos quieren hacer pensar. Y que fueron guiados claramente por un Estado que tampoco era políticamente neutro, sino que tenía una clara visión de qué era lo que quería, o por lo menos, de qué era lo que querían hacer de nosotros las grandes potencias y qué lugar quería que ocupáramos nosotros en él. Lo curioso es que nada de eso ha cambiado en casi 200 años, porque cambiar algodón por soja, es como contar el mismo chiste pero cambiando naranja por manzanas —como magistralmente nos enseñó el Chavo del 8—. Sin embargo, debo recordar aquí que reflexionar también es una manera de festejar. Es un momento de todo festejo, así que si es así, entonces les deseo a todos un muy Feliz Aniversario de nuestra ciudad. Aunque, en realidad, si uno no quisiera ser cínico, no es mucho de lo pasado lo que nos permite festejar sin un amargo sentimiento de contradicción.

 

 

Notas

[1] Nievas, J. (25 de abril de 2020). Semana de los Pueblos Originarios. En: https://rayalmedio.com/semana-de-los-pueblos-originarios/ [en línea].

 

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