Terminator contra los docentes: La educación en tiempos de pandemia y otras distopías

Terminator contra los docentes: La educación en tiempos de pandemia y otras distopías

Es un tema recurrente de las obras de ficción el de que una creación del ser humano adquiera vida propia y se termine revelando contra su creador e incluso sometiéndolo hasta esclavizarlo. Esta es una de las metáforas más utilizadas para dar a entender cómo las técnicas o las tecnologías pueden ir socavando de a poco la autonomía que los seres humanos tenemos respecto de ellas y que pueden eventualmente llegar a alienarnos hasta convertimos en esclavos de sus determinaciones.

Así, no es del todo descabellado pensar que en el contexto actual, la coyuntura en la que vive la mayoría de los docentes cobra cierta similitud con esta situación de alienación de los personajes de la ficción por sus creaturas.

Ya en un artículo de 1990, los pedagogos Michel Appel y Susan Jungck reflexionaban sobre la cada vez más evidente pérdida de la autonomía que sufrían los docentes respecto de sus funciones, lo que redundaba en un proceso de descualificación, pérdida del control sobre su trabajo, y la intensificación de sus tareas;[i] todo esto a causa de que desde el Estado —de cuño capitalista— se promovía la inserción de políticas educativas basadas en el taylorismo.

El taylorismo —al igual que el fordismo— es una teoría de la administración de las empresas que promueve la producción en cadena, en la cual el tiempo de cada trabajador no depende de su voluntad sino del ritmo de la cadena de producción; y, además se caracteriza por una hiperespecialización en el trabajo, razón por la cual los trabajadores van perdiendo cada vez más la visión de conjunto del proceso de producción, y con ello también los conocimientos y las habilidades propias de los obreros y artesanos anteriores a este modo de producción.

Un claro ejemplo de esto puede verse en la famosa película Tiempos modernos (de Charles Chaplin, 1936), donde este actor protagoniza a un trabajador de una fábrica cuya función es la de ajustar tornillos a un ritmo que le era dictado por la cinta  transportadora.

Lo interesante de esta estresante rutina es que, en un momento, el actor se distrae, y pierde el ritmo armónico de la producción. Obviamente, el personaje intenta remediar su desfasaje, pero como un buen comediante, fracasa, y de ahí el efecto cómico de la escena (que en realidad es trágica, ya que el trabajador de la película termina en la locura por la estresante y tediosa situación de ese tipo de trabajo).

Aquí, hay que señalar que la producción, la cadena de montaje, la industria, los tornillos, el tiempo, las fábricas, etc., son todos ellos creación del ser humano; y sin embargo, estas creaciones terminan alienando, es decir, quitándole todo atisbo de autonomía, o sea, de su libertad. Así, el ser humano termina siendo cautivo de su propia creación.

La misma situación, pero con una perspectiva diferente, sucede en la película The Terminator (de James Cameron, 1984), donde, en una escena de la película, uno de los personajes relata cómo las computadoras se volvieron cada vez más sofisticadas hasta que llegaron a tener vida propia y se rebelaron contra sus propios creadores, y así comenzaron una guerra para tomar el control del mundo humano.  Aquí, una vez más, las creaciones tecnológicas adquieren vida propia; pero, a diferencia de la cinta transportadora de Tiempos modernos (que alienaba al trabajador directa e inmediatamente), las computadoras le declaran la guerra a los seres humanos con el propósito de tomar el control total de sus vidas. De modo que, en la primera película, el sometimiento es casi absoluto —aunque pareciera que Chaplin dejara un pequeño margen de esperanza en el amor—. En la segunda, en cambio, el destino de la humanidad está indeterminado, puesto que hay una lucha en curso de los humanos contra las máquinas que tratan de someterlos, y viceversa.

Ahora bien, en lo que respecta al estado actual de la docencia, se puede afirmar que es semejante a la que se presenta en ambas películas: por un lado, en cuanto a su trabajo cotidiano, los y las  docentes están sometidos/as a la rutina cada vez más enajenante de su trabajo, lo que se deja traslucir aún más en la actual situación de pandemia, Aislamiento Social Preventivo y Obligatoria (ASPO), y de Distanciamiento Social Preventivo y Obligatorio (DISPO); porque, en este momento, los tiempos de las escuelas se han difuminado a raíz de que los y las docentes tienen que realizar las clases desde sus casas, lo que presupone que de alguna manera tienen —por así decirlo— la cadena de producción dentro de su propio e íntimo ámbito doméstico; y por lo tanto, ya no disponen de ese espacio que antes poseían para tomar distancia del ámbito laboral, al menos por unas pocas horas.

Por otro lado, se asemeja a la segunda película en que son víctimas de las creaturas que ha creado, que si bien no son artificios exclusivamente de los y las docentes;  pero sí lo son de los humanos (como por ejemplo, las escuelas, las clases, las computadoras, Internet, Zoom, Meet; pero también los gremios y el Estado mismo).

De este modo, los y las docentes están en una lucha constante y cotidiana contra estas creaciones suyas que se rebelaron y que tratan de quitarles su autonomía, sus derechos laborales, su poder adquisitivo (en suma, su vida como ser humano), y que quieren convertirlos y convertirlas en unos seres sometido/as cada vez más a sus designios. No es absurdo entonces pensar que los gobiernos y sus ministerios sean análogos a las computadoras centrales (la Skynet en The Terminator, por ejemplo) que dirigen todas las demás máquinas; mientras que los gremios, por ej., serían los propios ciborgs contra los que los y las docentes tienen que luchar para poder vencer a estas computadoras centrales. (Obviamente, que en películas posteriores el ciborg de The Terminator se domestica, se pone nuevamente al servicio de los y las humanos/as; creo que por ahí pueda pasar lo mismo con los gremios: Hay propuestas de conducción que pueden ser como el ciborg bueno —si me permiten decirlo así—).

Sin embargo, pese a que el panorama de los docentes pareciera oscuro, quizá sea sólo un momento de un proceso que hay que atravesar. Porque, a pesar de todo, para la docencia en su conjunto «no fate» («no hay destino») —como escribe Sarah Connor luego de la escena de su apocalíptico sueño del cataclismo nuclear—. La lucha docente, si todo sigue igual, será inminente por mucho tiempo más; el desafío será entonces no sucumbir ante la potencia enajenante de nuestras propias creaturas. «¡Hasta la vista, Babe!»

 

Notas:

[i] Cf. Apple, M., & Jungck, S. (1990). No se necesita ser maestro para enseñar esta unidad: La enseñanza, la tecnología y el control del aula. Revista de educación(291), 149-172.

 

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