Un día en la vida (de aislamiento)

Un día en la vida (de aislamiento)

Me desperté, me caí de la cama
Arrastré un peine por mi cabeza
Bajé las escaleras y bebí una taza
Y mirando hacia arriba,
me di cuenta de que llegaba tarde
A Day In The Life de The Beatles

 

Cada vez más aturdido por el silencio que antes reconfortaba, el miedo a volver a escuchar los autos y ruidos de la ciudad que ya no se digna a respetar las leyes. Huirle a la saliva, encerrarla desde el mentón al tabique, de patilla a patilla, lagrimear con caramelos de menta, sentir la asfixia momentánea por la falta de costumbre de un trapo en la cara. Secar la transpiración con cuidado, las manos en la cara son un peligro, se desacomoda el barbijo, sube la adrenalina por ubicarlo hasta pasar el gentío, esperar a la calle donde no circulan personas para bajarlo hasta el cuello, respirar profundo, sentir el aire en la cara.

La extensión del aislamiento preventivo en el marco de la pandemia debería ayudarnos a replantear objetivos en la vida…indefectiblemente se nos atraviesa la escuela, el trabajo, las personas involucradas. Esa cadena de responsabilidades que exige a otras/os/es cumplimentar tareas que vaya una/o/e a saber para qué las hacemos. Directivas emanadas para rellenar planillas, datos e interpretar enfoques que-casi nadie- comprende del todo. “Van hacer pasar a todos ¡es injusto para quienes se esfuerzan!”, “ahora resulta que no se puede aplazar”, “¡quieren que les tomemos exámenes hasta que aprueben!”. No, no, no. El esfuerzo se mide de distintas maneras o ¿cómo medimos las horas de trabajo en negro para el Estado? ¿y la negreada, costumbre innata, del sector privado? ¿Cuál es el problema con no aplazar? ¿y con tomar exáme-nes hasta que aprueben? ¿sería conveniente repensar el por qué de los aplazos? ¿el por qué de los exámenes y sus formas? ¿Qué quieren desde el ministerio? Tener un cupo de egresadas/os/es para poder solicitar algún crédito?

Entonces ¿cómo hacemos para evaluar? dicen desde el gobierno. Como siempre, dependiendo de sus objetivos. ¿Quie-ren recortar? La virtualidad es perfecta para hacerlo. Para la vuelta a clases ¿Deben mejorar las condiciones edilicias? Obvio y hay que duplicar la cantidad de salones y establecimientos escolares o…reutilizar las escuelas abandonadas por la migración del campo a la ciudad que produce el monocultivo y la utilización de agrotóxicos. ¿Qué estamos dispuestas/os a sacrificar?

¿Y las/os/es alumnas/os/es, estudiantes? Bien, gracias. Sin computadora, sin cel, sin plata para imprimir, sin mesa para apoyar la carpeta, sin un solo espacio para la tranquilidad en “su hogar”, situación compartida por una gran mayoría de docentes. ¿Nuestros requerimientos como profesionales de la educación? Que conecten el pendrive al plasma, que entren a la plataforma, que descarguen el documento para leer mejor, que entreguen la tarea en tiempo y forma y que se metan a presenciar la clase virtual que daremos en horario escolar. Se hace lo que se puede, decimos, dicen, pero nadie empatiza y cuando lo hacemos-aunque no siempre- es esa empatía forzada que comienza y se acaba con un gesto.

En un episodio de Las Puertitas del Señor López(1) – ese burócrata gris que derrochaba imaginación y tambaleaba los cimientos de la excusa existencial machirula (y cobarde) que busca/ba socavar al patriarcado con figuritas semidesnudas del modelo femenino imperante- mostraba una sociedad donde estaba prohibido hablar, controlada por la policía. El grito: ¡¡Basta!! salía de un torso desnudo en una ciudad que mezcla de Europa feudal, pero de arquitectura más “moderna” y rasgos “orientales”. La vuelta cachetea a López con la realidad que tenía -en habitaciones sincronizadamente individuales- la cómoda televisión, el acceso a libros y la música (todo eso entra-ahora- en un teléfono celular); el grito sale del otro sector oprimido, del ámbito familiar, de esa intimidad individualista, hipócrita, cínica y castradora que resucita una y otra vez. Quizás sea esa la síntesis, convivencia entre el campo y la ciudad con mecanismos que combatan las formas de opresión del feudalismo y la modernidad.

Nos vanagloriamos de poder escuchar el canto de pájaros, aunque no podamos distinguir el gorrión de un zorzal y que el ruido de un taguató nos suene similar al del pitogue. Quizás la vegetación no se anime –aún- avanzar y las góndolas continúen ofreciendo alimentos ridículamente envasados (¿acaso se detuvieron a pensar el por qué se ponen las frutas y verduras en bandejas de telgopor?). Los perros ladran más fuerte y los gatos siguen con su ritual de apareamiento que nos hace pensar en bebes llorando y elefantes caminando por el techo. ¿Es hora de mirarnos en el reflejo que devuelve el agua de un canal clandestino e ilegal de algún campo sojero? Y si nos dice ¿por qué exigís en tiempo y forma los trabajos prácticos y te quejas de los plazos que imponen desde la burocracia ministerial? O, peor aún ¿por qué negocias con la niñera para no pagarle la totalidad (o nada) del sueldo argumentando que no está haciendo su trabajo y que cobra el IFE?.

¿Queremos la posibilidad de poder volver al monte? Pero necesitamos las rutas, contextos mínimas de habitabilidad, mejoras en los salarios, condiciones para el desarrollo de una vida un poco más cómoda de quienes en verdad trabajan “el campo”. También queremos que dejen de utilizar agrotóxicos, que dejen de llamarlos agroquímicos y de decir sobera-nía alimentaria a la continuación del modelo de monocultivo.

Leí las noticias hoy, oh, chico
Sobre un hombre afortunado que ganó la lotería
Y aunque las noticias eran muy tristes
Bien, solo tenía que reírme
Vi la fotografía
A Day In The Life de The Beatles

Por Marcelo Cena

1– Altuna H. y Trillo C. (1981-1983) Las Puertitas del Sr. López, Barcelona, España: Toutain Editor

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